
Antes tuve miedo de ser hipócrita: ¿cómo iba a acompañar a otros en su duelo si yo todavía no sabía atravesar el mío? Ese miedo me costó años de desconexión — hasta que dejé de escondérmelo y empecé a vivir lo que digo, no solo a explicarlo.
A los 12 me diagnosticaron queratocono: una condición que deforma la córnea y cambia cómo enfoca el ojo. Aprendí desde chica que la realidad no le llega igual a todos los ojos — y que eso no me quitó nada. Me dio otra forma de mirar.
Estudié enfermería y trabajé años en cuidados paliativos pediátricos. Ahí la muerte dejó de ser un tema que se evita y se convirtió en mi maestra — y, aunque suene raro decirlo así, en algo que me apasiona. Durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir entre la ciencia y lo filosófico, entre la enfermera y la persona que también piensa distinto. Lo intenté. No funcionó: lo que soy hoy viene de sostener las dos dimensiones a la vez, no de elegir una.
Terminé una relación de nueve años. Quebró la empresa familiar y con eso perdí el trabajo. Tres mudanzas en menos de dos años — una de ellas me sacó del apartamento que más había querido. Mi hermano, con quien vivía, se fue del país. Mi familia atravesando lo suyo en salud, al mismo tiempo. No fue una mala racha: fue la muerte de la vida que conocía.
En algún punto el cuerpo dejó de aguantar y avisó de la única forma que sabe: dolor, cansancio que no se iba con dormir, el sistema nervioso en alerta todo el tiempo. Ahí entendí que rendirme no era opción, pero seguir sola tampoco. Aprendí a pedir ayuda — y a entender que avanzar en tribu, con otras personas que también estaban atravesando lo suyo, era una opción real, no una derrota.
Como alguien con discapacidad visual que ha tenido que soltar una y otra vez la visión que tenía. Como alguien con un cerebro neurodivergente que creyó por años que debía adaptarse a sistemas hechos para otro tipo de cabeza. Como alguien que aprendió a amar sin pedirle permiso a una etiqueta ni a la sociedad.
De ese recorrido nació El Umbral: un espacio para sostener que los procesos — el duelo, el cierre, la incertidumbre — se atraviesan, no se resuelven de un día para otro. Y que el trabajo interior no tiene que hacerse en soledad. No hablo desde la teoría. Hablo desde haber cruzado mis propios umbrales — y seguir haciéndolo, como forma de vida. Hoy estoy acá para caminar con vos el tuyo.
«A veces lo que más duele, cuando le das espacio de verdad, trae sus propias respuestas.»
No hace falta tener todo claro para dar el primer paso.
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