Antes tuve miedo de ser hipócrita: ¿cómo iba a acompañar a otros en su duelo si yo todavía no sabía atravesar el mío? Ese miedo me costó años de desconexión — hasta que dejé de escondérmelo y empecé a vivir lo que digo, no solo a explicarlo.
Seis umbrales que me trajeron hasta acá.
Me diagnosticaron queratocono. Aprendí de chica que la realidad no le llega igual a todos los ojos, y que eso no me quitó nada.
Años en cuidados paliativos pediátricos. Creí mucho tiempo que había que elegir entre la ciencia y lo filosófico: soy lo que soy por sostener las dos.
Una relación de nueve años, el trabajo, tres mudanzas, mi hermano fuera del país. No fue una mala racha.
Dolor, cansancio que no se iba durmiendo, alerta todo el tiempo. Rendirme no era opción, pero seguir en soledad tampoco. Aprendí a pedir ayuda.
Soltar una y otra vez la visión que tenía, y la exigencia de encajar en sistemas hechos para otra cabeza.
Un espacio para sostener que el duelo y la incertidumbre se atraviesan. No hablo desde la teoría: hablo desde mis propios umbrales.
«No hablo desde la teoría. Hablo desde mis umbrales.»